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Que la IA no borre al autor

Imagen de portada: Que la IA no borre al autor
Giovanna Gil

Hace poco, un editorial de The Economist me hizo detenerme más de lo habitual. No por alarmista, sino por la pregunta de fondo: si la inteligencia artificial ya escribe bien, ¿qué perdemos cuando dejamos de escribir nosotros?

No escribo esto como especialista en modelos de lenguaje. Lo escribo como alguien que estudió administración de la tecnología y que sabe lo fácil que es que una herramienta pase de "experimento" a "estándar" sin que nadie se detenga a decidir para qué sí y para qué no.

Qué plantea The Economist

En su editorial del 24 de septiembre de 2026, Don't let AI kill the author, el semanario sostiene que los textos generados por IA ya circulan en terrenos que antes eran exclusivamente humanos: concursos literarios, columnas de opinión y hasta discursos políticos, incluidos debates parlamentarios en Reino Unido y Estados Unidos.

Su postura no es tecnofóbica. Reconoce que en textos técnicos o de servicio la IA puede ser muy útil, siempre que su uso se transparente y una persona asuma la responsabilidad de lo publicado. El problema, dice, aparece cuando cedemos la autoría en lo creativo y lo expresivo: novelas, discursos, periodismo.

El argumento central me parece lúcido. Las palabras no son un producto industrial cualquiera que basta con fabricar mejor con el tiempo: cargan significado, intención y el juicio de quien decidió que valía la pena escribirlas. Esa decisión humana, según el editorial, es una señal que los lectores dan por hecho, y que la IA amenaza con vaciar.

Por qué me importa (y no solo como lectora)

En la maestría aprendimos a evaluar tecnologías por el valor que generan, no por lo impresionantes que parecen. Con esa lente, veo tres riesgos que el debate público suele mezclar:

1. Productividad aparente. Producir más texto en menos tiempo parece eficiencia. Pero si nadie lo piensa a fondo, lo que crece es el volumen, no el valor. Un informe de diez páginas generado en minutos puede costarle a la organización horas de lectura, verificación y corrección. El costo no desaparece: se traslada al lector.

2. Erosión de capacidades. Escribir es una forma de pensar. Cuando ordeno un argumento, descubro dónde está flojo. Si delegamos sistemáticamente esa etapa, corremos el riesgo de perder la habilidad que nos permitía detectar cuándo un texto (humano o no) no se sostiene. En gestión de la tecnología a esto se le conoce como deskilling: la herramienta resuelve hoy lo que mañana ya no sabremos evaluar.

3. Responsabilidad difusa. Toda organización necesita saber quién responde por lo que se dice en su nombre. Un texto sin autor claro es, en el fondo, un problema de gobernanza: si la IA redactó, alguien lo aprobó sin leerlo con cuidado y nadie lo firma, ¿quién responde cuando hay un error, un sesgo o una afirmación falsa?

Dónde sí y dónde no

Coincido con The Economist en que la frontera no está en la herramienta, sino en el tipo de texto. Mi propuesta, más práctica que filosófica:

  • Sí, con transparencia: manuales, resúmenes internos, correos operativos, documentación técnica, traducciones de apoyo. Textos cuyo valor está en ser correctos y claros, no en la voz de quien los firma.
  • Con mucho cuidado: reportes ejecutivos y análisis. La IA puede ayudar a ordenar datos o a detectar huecos, pero las conclusiones deben ser de alguien que pueda defenderlas en una junta.
  • No delegar: opinión, periodismo, discursos, escritura creativa y cualquier texto cuyo valor dependa de que una persona real haya pensado lo que dice.

Lo que haría una organización sensata

Si tuviera que llevar esta discusión a una empresa o institución, empezaría por cuatro decisiones sencillas:

  1. Una política de uso declarada. No para prohibir, sino para que todos sepamos en qué textos se espera y en cuáles no.
  2. Un responsable humano por documento. Quien firma responde, sin importar qué herramienta usó.
  3. Transparencia hacia el lector. Si un texto fue asistido por IA, decirlo genera más confianza de la que resta.
  4. Medir valor, no volumen. Menos documentos mejor pensados suelen valer más que muchos documentos generados.

Mi postura, con honestidad

No creo que la solución sea dejar de usar IA para escribir; sería ingenuo y poco útil. Las sociedades se adaptaron a la imprenta, a la radio y a internet, y también se adaptarán a esto. Pero adaptarse no significa rendirse. La IA puede ser una gran asistente de redacción; el problema empieza cuando la tratamos como autora.

Al final, lo que hace valioso un texto no es que esté bien escrito, sino que alguien haya decidido que valía la pena escribirlo, y que esté dispuesto a responder por él.


Fuente: "Don't let AI kill the author", The Economist, 24 de septiembre de 2026. Leer el editorial original.

Nota de transparencia: en coherencia con lo que defiende esta nota, Burbuja IA declara que este texto se redactó con apoyo de herramientas de IA. Las ideas, la revisión final y la responsabilidad editorial son de la autora.